
Cuando entré en la sala de cine no sabía quién era Terrence Malick. Iba limpio y puro como una virgen. Con mi flor intacta. Luego me he enterado de que también fue él quien perpetró esa abominacíón llamada La delgada línea roja, película que rompió mi costumbre de no salirme del cine por muy mala que fuese la película. Este hombre y yo nunca vamos a entendernos. Esa vida suya se parece demasiado poco a la vida. Como en esas escenas de tipos silenciosos pululando solemnemente por la playa -así en plan City of Angels-, tan ombligueras y, por encima de todo, injustificadas. Los personajes de Malick no cagan. Al parecer.
Malick, por decirlo de alguna forma, es demasiado alemán para mi gusto. Por mucho que se empeñe, yo no puedo percibir con los sentidos -ni, por supuesto, disfrutar a través de ellos- algo tan alejado de los sentimientos, algo tan metafísico, algo que tiene que recurrir a lo cósmico para acercarse a lo humano. Lo humano es sangre, sobre todo. No son estrellas danzando en el firmamento ni lava abismándose en el mar. Un hombre ensimismado no es más que un hombre ensimismado y los puntos azules sobre fondos verdes no son más que puntos azules sobre fondos verdes, por mucho que se empeñen los directores de los museos de arte contemporáneo.
El new-age es la negación de la evidencia -de eso tan bonito que se llama superficialidad- y para mí
El árbol de la vida es una película tan new-age que se queda en una portada brillante, colorida y con letras plateadas. Que no tiene chicha, vamos. Parece que todos los personajes -porque nunca alcanzan el grado de personas- estén planteándose a cada momento el sentido de la vida... Y que la vida les pase por delante de los ojos sin que se den cuenta. Una película que me gustó mucho fue
Copia certificada, que se parece a esta en el envoltorio pero que, a diferencia de esta, llevaba dentro un bonito regalo. Esta, salvo algunos minutos que brillan por la tregua, es sólo un monumento -supongo que bastante caro- a la inanidad.