Acaba la película y una señora sale escopetada. Otras dos la siguen, ya de lejos. -¿Dónde vas tan rápido? -Nunca he bostezado tanto en el cine. -Eso es bueno, mujer, así te relajas. La mujer, es cierto, parecía necesitarlo. No le había gustado la película y quería dejar constancia de sus bostezos. Las otras dos le decían que exageraba, como siempre. Praga parece una ciudad bonita. Eliška se tiñe el pelo y Josef no lo nota, porque sueña con mujeres jóvenes y le motorizan el corazón para comprobar si resistiría la Viagra. El nieto, antes de cerrar los ojos, le pide al novio de su madre que le diga que todo va a salir bien. Y en el supermercado una máquina recicladora amenaza con quitar dos puestos de trabajo y tres marcas en la pared. Sí, la mujer exageraba. Tenía sueño. Eso es todo.

Lo que me molesta del cine español no es que salgan culos y tetas, por muy a destiempo que salgan y suelan salir, sino que siempre que sale un culo o una teta parezca que se esté haciendo por transgredir o por provocar. Los desnudos-protesta, esos desnudos que no se hacen por alguien sino contra alguien, podrían tener sentido en la época del destape, pero a casi tres décadas de aquello muchos directores españoles deberían madurar un poco y empezar a tratar el curpo humano como una cosa normal y no como una perversión. Deberían limpiarse la mirada antes de pretender limpiárnosla a los demás.
En "The reader" Kate Winslet sale desnuda casi la mitad de la película pero, al contrario de lo que se suele ver por aquí... Perdón, al contrario de lo que se suele subvencionar por aquí, su cuerpo desnudo no justifica la película sino que es la película la que justifica su cuerpo desnudo. Y es un cuerpo hermoso, como la historia que cuenta cada centímetro de su piel y cada segundo que tiembla, ofreciéndose para sobrevivir.
En "The reader" Kate Winslet sale desnuda casi la mitad de la película pero, al contrario de lo que se suele ver por aquí... Perdón, al contrario de lo que se suele subvencionar por aquí, su cuerpo desnudo no justifica la película sino que es la película la que justifica su cuerpo desnudo. Y es un cuerpo hermoso, como la historia que cuenta cada centímetro de su piel y cada segundo que tiembla, ofreciéndose para sobrevivir.

Gilbert Keith Chesterton, Caspar David Friedrich y Billy Wilder son los tres artistas que logran mi felicidad en menos tiempo. En ellos no importa el argumento que se trate. Una frase, un boceto o un fotograma surgido de sus mentes pueden contener, por sí mismos, todos los ingredientes de los que se componen el resto de placeres que soy capaz de sentir, desde el más sencillo hasta el más complejo, desde el sexo hasta el amor. Ellos son para mí los grandes creadores de átomos de felicidad, los grandes formadores de partículas infinitesimales a partir de las cuales todo avance, aun sublime e insuperable, supone una recapitulación. Primera plana, la película de 1974 dirigida por Billy Wilder, debe contener unas cinco o seis de estas partículas y, con ellas, millones de universos posibles y radiantes.

Uno de los trucos más efectivos que se utilizan para mantener la atención del público sobre una obra determinada es conseguir que éste sepa más que los personajes que la componen. Es un recurso muy shakesperiano. El espectador sabe que Porcia es el abogado que defiende a Antonio, pero éste lo desconoce. El espectador sabe que Julieta duerme en el panteón, pero Romeo cree que está muerta. Esta película trata de la resolución de un problema que el público ya ha resuelto de antemano: Bolt se cree un superhéroe pero no es ni más ni menos que un perro actor. Cuando él lo sepa y lo acepte nosotros no podremos ni querremos dejar de aplaudir.

Al salir del cine dos señoras me han preguntado que qué tal. Mi respuesta ha sido que la peli era demasiado francesa para mi gusto. Francés/a: relato parsimonioso de unos hechos que, de existir, a nadie más que a un francés se le ocurrirían dignos de ser grabados y expuestos públicamente. Regodeo sobre la nada. Las señoras decidieron cambiar de sala y yo creí haber hecho una buena acción, digna de quedar reflejada en una peli francesa de, al menos, tres horas de duración.

Hay personajes que crean historias e historias que crean personajes. Casablanca pertenece al primer tipo de películas, Transiberian al segundo. Con Rick Blaine e Ilsa Lund todo habría sido muy distinto. O con John McClane, ya puestos. Pero Roy, Jessie, Abby y Carlos son demasiado peleles y se dejan arrastrar durante todo el metraje como el ferrocarril transiberiano en los 9.288 kilómetros de rieles que separan Vladivostok y Moscú. A ratos entretiene pero el viaje, en conjunto, es frío y previsible.

Para que los payasos de circo fueran aún más divertidos un día alguién decidió añadir un payaso diferente a la función, un payaso triste, estático y con la cara pintada de blanco. El payaso triste es el que hace creer al espectador que lo que está viendo no es un espectáculo, que sigue habiendo reglas y que la sociedad sigue funcionando incluso dentro de una carpa de colores. Esta película actualiza el número de los payasos con unos cuantos personajes estrafalarios y un personaje aburrido que les da sentido a todos los demás. Y también a sus grandes narices de goma.

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